Chiquito de la Calzada, genio y figura

Un repaso al fenómeno de la Chiquitomanía que invadió España a mitad de la década de los 90 y que tuvo su réplica cinematográfica en una popular trilogía de películas dirigida por Álvaro Sáenz de Heredia

Chiquito de la Calzada en Brácula

Corre el año 1997, un joven tenista español surge de la nada y llega a la final del Open de Australia cayendo derrotado contra Pete Sampras. En su despedida, agarra el micrófono y se despide con un inesperado ¡Hasta luego, Lucas! ante la incredulidad de todos los allí presentes. ¿El tenista? Un jovencísimo Carlos Moyá.

Es el cúlmen de la Chiquitomanía. En el escenario más incompatible posible, en el momento más importante de la carrera de un deportista incipiente, todo quedaba sepultado hasta el ímpetu popular de un cómico que ya era más que un artista. Era un sentimiento que había barrido por completo el estado mental de una nación. No era simplemente un cómico cualquiera o repetir alguna de sus frases, Chiquito de la Calzada era un estado mental. Era la imagen y el sentir del buen rollo. Si querías ser amigo de alguien desde el verano del 94, solo te hacía falta soltar un “fistro”. 

Pero Gregorio Esteban Sánchez no fue siempre Chiquito de la Calzada. O mejor dicho, no fue el Chiquito de la Calzada que todos conocimos en televisión. Nacido en el barrio malagueño de La Trinidad en 1932, Gregorio adopta muy joven el nombre artístico de la calle que le vio nacer, Calzada. Hijo de una familia humilde, desde muy jovencito desarrolla un talento inusual para el cante y para el baile. Enrolado en varias compañías de flamenco recorre la península acompañando a varios artistas flamencos normalmente a ritmo de sus palmas. 

Es famosa su estancia de 2 años en Japón donde llegó a trabajar con gente como José Mercé y sus aventuras por la capital nipona. Desde guardar todo lo que ganaba debajo del colchón porque no se fiaba que allí fueran todos iguales o de la vez que sufrió un terremoto en mitad de una actuación y no sabía donde meterse. Una vida llena de apreturas económicas y de ingenio para sobrevivir. Como él mismo repitió en múltiples ocasiones, eran tiempos donde la cosa estaba muy mala y había que freír los huevos con saliva.

Un estrellato tardío

Todo cambió fruto del azar en una tarde en Málaga. Por allí estaba comiendo en un restaurante Tomás Summers, productor televisivo y hermano del cineasta Manuel Summers. A Tomás le había encargado Antena 3 un formato breve de programa humorístico de chistes y, mientras se encontraba allí comiendo, detrás tenía un peculiar ser disparando, muy a su pesar, chistes como si fuera una ametralladora. Una vez pasado el malestar, Tomás empezó a fijarse en la particular manera de este buen hombre y a dejarse encandilar por su vena mitad humorística, mitad flamenco. Había descubierto una estrella. El resto como se suele decir es historia. Chiquito de la Calzada debuta un verano de 1994 con el el programa Genio y figura. Ya se sabe: programación veraniega, espacios para rellenar la parrilla… 

A los 62 años, la edad de jubilarse de muchas personas, a Chiquito le llegaría el éxito arrollador de la noche de la mañana. Lo que en principio era un programa de chistes conducido por el mago Pepe Carrol, se convirtió en el show del malagueño. Era una fuerza de la naturaleza absolutamente imparable. El programa pasó de ser algo medianamente coral a estar planificado para las irrupciones caóticas de Chiquito. Él marcaba el ritmo. Todo el público esperaba impaciente su momento. Lo importante del arte de Chiquito no eran los chistes que contaba. Todos eran malísimos. Lo valioso era su estilo periférico. Sus recovecos lingüísticos y un ritmo que sin duda venía de sus muchos años practicando flamenco. Un proceso de hipnotización al público que provocaba que la gente disfrutara más de la construcción de la broma que del resultado de la misma. Un lenguaje único que mezclaba lo personal con el lenguaje coloquial de su Málaga natal.

Rafael Torres escribió en El Mundo que el humor de Chiquito “nacía de las travesuras de la inteligencia y de los guiños surrealistas de la razón”. Definitivamente había nacido una estrella. 

La ChiquitoManía había tomado por sorpresa a todo un país y nadie iba a permitir que quedase en un amor de verano. Era un fenómeno popular. Todo un país aletargado por el calor estival, llegó a septiembre queriendo compartir con sus compañeros los ACANDEMOR, FISTRO o PECADOR DE LA PRADERA, que había aprendido durante verano. Especialmente los niños, con los que Chiquito conectó de manera íntima y especial. No había ni un niño en España que no imitase los andares del malagueño o sus imposibles sonidos guturales. Por supuesto, fueron el primer mercado al que dirigirse cuando tocó exportar la imagen de Chiquito. 

En 1993, la compañía de snacks Matutano, lanzó al mercado una gama lowcost de menor tamaño de sus habituales productos. Con un precio más atractivo, menor tamaño y menor precio, utilizaron este lanzamiento para renombrar los BocaBits, uno de sus productos estrella, como Fistros, con una caricatura del popular cómico en el centro de la bolsa. La jugada les salió redonda puesto que combinaron el nuevo formato con la llegada de los famosos tazos. Un juguete para niños que pasó de estar estampado con los dibujos de los Looney Tunes a las frases más famosas del cómico. ¡COBARDE!, ¿TE DAS CUEN?, ¡PECADOR! se convirtieron en los juguetes del recreo de toda una generación de chavales consumidores de comida basura… Es decir, todos los críos de los 90.

Su carrera cinematográfica

Con Chiquito invadiendo la cultura popular de la década y conquistada la pequeña pantalla, el cine no iba a tardar en llamarlo. España tiene una rica tradición cinematográfica de trasladar actos cómicos de otros medios a la gran pantalla. Desde el estrellato tardío de Paco Martínez Soria y La ciudad no es para mí, hasta las películas a mayor protagonismo de cómicos como Eugenio, Cruz y Raya o Martes y Trece. Precisamente fue Álvaro Sáenz de Heredia, el director de las películas de Martes y Trece en la cúspide de la ola de su popularidad el que contactaría con Chiquito para convencerlo de la aventura cinematográfica. La idea era sencilla y en parte similar a lo que ya había logrado con el dúo cómico. Trasladar la personalidad única del humorista a un escenario reconocible para el gran público. Y qué mejor manera que resucitar el western de Almería, cercano a la tierra natal del propio Chiquito. 

Se creó un personaje, el Condemor, un aristócrata venido a menos y se le enroló en una disparatada película de aventuras junto a su sirviente, Bigote Arrocet. El argumento era lo de menos. Unos malos, un joven a rescatar (encarnado por el futuro triunfito Naim Thomas), una damisela en apuros, un par de tiroteos, búfalos, números musicales… Todo al servicio de un genio incontrolable. Un huracán de fuerza e improvisación que arrasaba a su paso. ¿De qué vale un argumento si tienes a Chiquito dispuesto a mejorarlo con su lenguaje imposible y sus movimientos serpenteantes? De nuevo Chiquito tomó por sorpresa el verano del 96 y Aquí llega Condemor (El pecador de la pradera) recaudó unos muy nobles 1.700.000 euros, superando el medio millón de espectadores de la época. La secuela era obligada. 

Sáez de Heredia presentó un escenario bastante parecido al que ya había configurado en Aquí huele a muerto de Martes y Trece. Había que trasladar a los personajes al género de terror. Brácula con B de Barbate fue la secuela directa donde el aristócrata más bravido y pecador se enfundaba con equívocos la capa del vampiro más conocido de la historia. Con una producción más cuidada, un casting de secundarios que incluía a Javivi y el penúltimo papel cinematográfico de Nadiuska, no pudo repetir los logros taquilleros de la anterior entrega. Apenas 700.000 euros recaudados y la mitad de los espectadores de los que fueron a ver la primera película. Una decepción que acabó con las aventuras del Condemor pero que sin embargo no impidió la tercera colaboración entre Chiquito y Álvaro Sáez de Heredia.

El propio cineasta comentaba años después el método de trabajo tan singular que tenía con el humorista. Escribía un guión, bajaba a Málaga, Chiquito le ayudaba a traducirlo a su particular idioma, grababan la sesión y una vez en el plató de rodaje, mediante un pinganillo, le chivaban lo que él mismo había creado. Un actor del método solo que su método era único e intransferible. Así su tercera colaboración, se abandonarían las aventuras más alocadas para dejar paso a una comedia más dulce con tintes autobiográficos. 

Dirigida al público infantil, Papá Piquillo cuenta la historia de un abuelo gitano que se ve obligado a recurrir a la pillería para sacar adelante a sus churumbeles. Apreturas económicas, la viveza de la calle y el recurrir al flamenco, unas circunstancias que recordaban a la propia infancia de Chiquito. Un intento de reconvertirlo al icono en un personaje más tridimensional que aparte de los ecos de la vida real del artista, recordaba al famoso El Piyayo, un célebre cantador también de Málaga. La recaudación de la película no estuvo a la altura de las anteriores pero sin embargo, ha conservado cierta frescura y sido reivindicada por posteriores generaciones gracias a sus pases televisivos. 

Sería la última película de Chiquito como protagonista. Volvería a colaborar con Sáez de Heredia en un pequeño papel en La venganza de Ira Vamp. Su carrera cinematográfica ya quedaría reducida a pequeñas apariciones en cintas como Spanish Movie, El oro de Moscú o Franky Banderas. Para el recuerdo una carrera cinematográfica corta pero intensa. La última vez que un fenómeno popular, perteneciente a otro medio, tuvo su réplica en el cine. El sueño de noches de verano donde todo el mundo entonaba un fistro aunque Chiquito fuese el único que supiese qué diablos significaba aquello.

...Y si te has quedado con ganas de más