La picaresca española en el cine: de El Lazarillo a Gente pez

Con motivo de la nueva colección de FlixOlé, La Picaresca Española, te ofrecemos un recorrido por los títulos cinematográficos más representativos de este rasgo tan español

Fotograma de Los tramposos, en la picaresca española

Iris Domenech

Con la nueva incorporación de Los tramposos a FlixOlé, hemos aprovechado para lanzar una colección especial: “La picaresca española”. A continuación, te ofrecemos toda la información necesaria para sumergirte en estas narrativas tan emblemáticas y representativas de la cultura española.

La picaresca ha sido, desde su nacimiento en la literatura del Siglo de Oro, un espejo incómodo en el que España se contempla a sí misma. Aparece cuando las costuras sociales están demasiado tensas, cuando la pobreza, la desigualdad o la hipocresía necesitan una vía para ser contadas sin castigo, cuando los personajes marginales sin patria y sin expectativas de tenerla empiezan a emerger

No es casual, por tanto, que la picaresca se convierta en uno de los primeros géneros con auténtico arraigo en la historia del cine español. La gran pantalla adaptó sus códigos iniciales para narrar la supervivencia, la astucia y la picardía que a menudo se asocian al carácter español, manteniendo siempre un diálogo constante con la tradición literaria que estableció la figura del pícaro como un arquetipo cultural.

De la literatura a la gran pantalla

Esa conexión entre literatura y cine resulta especialmente visible en El Lazarillo de Tormes (1959), dirigida por César Fernández Ardavín. En pleno contexto de los años 50, se convirtió en una de las primeras películas españolas que llevó a la gran pantalla un clásico de la literatura nacional, dando vida a uno de los personajes más representativos del género picaresco. Además, fue la primera producción española galardonada con el Oso de Oro en el Festival de Berlín, un hecho decisivo para la proyección internacional del cine español.

Para evitar que el estricto aparato censor actuase, se suavizó el fuerte ataque institucional e ideológico de la novela anónima original, especialmente en el apartado que afectaba a la Iglesia. También los conflictos del protagonista, interpretado por el niño prodigio Marco Paoletti, con cada uno de sus amos. Sin embargo, pese a los recortes ideológicos, continuó siendo un reflejo de las injusticias sociales y de la hipocresía presentes en una España imperial que la dictadura pretendía idealizar.

Algo parecido sucedería una década después cuando el propio director se enfrentó a La Celestina (1969). En esta adaptación cinematográfica, el cineasta volvió a explorar un universo de marginalidad, engaños y sexualidades clandestinas. En este caso, la picaresca no se manifiesta tanto en la estructura narrativa como en la figura de la propia Celestina: una alcahueta liminal, situada, como los pícaros clásicos, en la frontera entre lo permitido y lo clandestino.

Una relectura moderna

A finales del siglo XX y comienzos del XXI se produjo una relectura cinematográfica de los grandes clásicos de la picaresca española. La Celestina (1996), dirigida por Gerardo Vera, propuso una visión visceral y barroca del universo picaresco. Celestina reaparece como una superviviente contemporánea, ambigua y manipuladora, capaz de desafiar abiertamente a la sociedad. El film, con Penélope Cruz y Juan Diego Botto como protagonistas, destaca por su mezcla de humor y erotismo. Aunque no se trata de una adaptación totalmente literal, el guion incorpora citas textuales directas y contó con el asesoramiento experto del filólogo Francisco Rico.

En la misma línea, Lázaro de Tormes (2001), dirigida por Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez, ofrece una reinterpretación irónica y contemporánea del clásico picaresco. La película convierte la historia de supervivencia en una reflexión sobre la figura del narrador, la memoria cultural y la vigencia del pícaro como símbolo nacional. El filme juega a desmontar y reconstruir el mito: Lázaro ya no es solo víctima del sistema, sino también comentarista de su propio destino, adoptando un tono más satírico y reflexivo. La producción fue reconocida con dos premios Goya: Mejor Guion Adaptado y Mejor Diseño de Vestuario.

El humor colectivo a través de los pícaros

Con la consolidación del cine comercial español en los 50 y 60, la picaresca evolucionó hacia la comedia popular urbana. Los antiguos pícaros se convirtieron en buscavidas urbanos: carteristas o estafadores ingeniosos que usaban el ingenio para sobrevivir. Heredando el espíritu del Lazarillo, su crudeza se suavizó con humor, y a diferencia del clásico, estos pícaros actuaban en grupo.

Películas como Los ladrones somos gente honrada (1956) ofrecían una inversión cómica del arquetipo: ladrones más nobles que los burgueses a los que pretendían robar, un juego de máscaras muy representativo del humor picaresco. Poco después, Los tramposos (1959)  actualizó esta temática: narrando la vida de dos jóvenes que subsistían con pequeños engaños inofensivos (como la venta de la estampita) mientras perseguían sus sueños. Esta situación reflejaba cómo la debilidad económica en un país en vías de modernización forzaba a muchos a recurrir al ingenio. Así, la película ofrecía una visión sobre una nación con “pícaros reciclados” y la promesa de una posible reinserción social a pesar de las adversidades.

Luis García Berlanga, atento a las contradicciones de su tiempo, exploró esta picaresca colectiva en Los jueves, milagro (1957). El filme muestra cómo un pueblo entero (incluidos el cura, el alcalde y los comerciantes) fabrica un falso milagro para atraer turismo y prosperidad. Aquí el engaño deja de ser individual y se convierte en estrategia comunitaria, permitiendo a Berlanga criticar la hipocresía religiosa, el oportunismo y la cultura de la apariencia en pleno franquismo.

Esa misma ironía reaparece en Se vende un tranvía (1959), donde varios timadores consiguen vender un tranvía como si fuera un valioso objeto heredado. Concebida como inicio de una serie que la censura impidió, la propuesta terminó convirtiéndose en un mediometraje de 30 minutos dirigido por Juan Esterlich y protagonizado por José Luis López Vázquez.

Turismo y movimiento yeyé

A finales de los años 60, el género de la picaresca española se transformó con el desarrollismo y el auge del cine popular. Este nuevo panorama, influenciado por la comedia playera, el incipiente turismo extranjero y una aparente apertura social, propició la aparición de películas que fusionaron la picaresca tradicional con nuevos elementos. 

Un ejemplo notable es Objetivo: BI-KI-NI (1968), dirigida por Mariano Ozores y muy en la línea de Operación cabaretera. Este film combina la picaresca con un erotismo suave, estrategias de seducción y la temática de los concursos amañados. La película ilustra claramente la mezcla de la picaresca con la comedia de playa y el turismo de la época franquista, añadiendo incluso un toque de cine de espías. Además, incorpora el movimiento yeyé y un erotismo que anticipaba el futuro “destape”.

Pícaros durante la transición

Con la llegada de los años setenta y el final del franquismo, la picaresca en el cine español adoptó un tono más descarado. La censura se debilitaba, el destape irrumpía en las pantallas y las relaciones sociales comenzaban a transformarse. Aunque la economía avanzaba hacia la modernización, el pícaro seguía siendo una figura reconocible. En esta etapa, la picaresca se convertía en un vehículo para el deseo, la liberación personal y también para “sacarse unos dinerillos”.

Mariano Ozores captó perfectamente este nuevo espíritu en Cuentos de las sábanas blancas (1977), donde la picaresca deriva hacia el erotismo y el cuerpo se convierte en espacio de negociación, engaño y deseo. Frente al pícaro clásico que buscaba pan o sustento, aparecen personajes movidos por el placer. Son tiempos de libertad recién estrenada, pero también de precariedad emocional y económica, en los que el pícaro se transforma en galán oportunista o libertino ingenioso.

Ya en plena democracia, Los liantes (1981), también dirigida por Ozores, muestra cómo este pícaro moderno empieza a quedar fuera de lugar en un país que quiere integrarse en Europa. La sociedad se moderniza y estos personajes parecen aferrarse a un modo de vida destinado a desaparecer. Sin embargo, su existencia sigue funcionando como recordatorio de una tradición cultural que se resiste a extinguirse.

La picardía de la gente pez

Gente pez (2001) marca un punto de inflexión dentro de la tradición picaresca en el cine español: el pícaro clásico desaparece por completo para dar paso a jóvenes urbanos que deben enfrentarse a la precariedad laboral, emocional y afectiva. La esencia de la picaresca se desplaza del engaño directo hacia una estrategia de pura adaptación para la supervivencia existencial. Los elementos tradicionales se actualizan: los antiguos amos son ahora jefes abusivos, el hambre se convierte en angustia vital, y la moral del pícaro se diluye en un desencanto posmoderno, frecuentemente amortiguado por el consumo de drogas. Pese a esta transformación, el espíritu crítico y la resistencia frente al sistema siguen siendo el motor de la picaresca contemporánea.

Observando este recorrido histórico, resulta evidente que la picaresca ha evolucionado al mismo ritmo que el país. En los años cincuenta fue un modo de narrar la pobreza oculta; en los sesenta, una forma amable de representar pequeños engaños cotidianos; en los setenta, un vehículo de liberación sexual y social; en los ochenta, un vestigio en transición; y ya en los dos mil, un espejo crítico de las nuevas precariedades urbanas. Y, aun así, la esencia del pícaro permanece: el ingenio como herramienta de supervivencia, adaptado a cada época y a cada crisis, pero siempre reconocible en la identidad cultural española.

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