Daniel Monzón sobre Ruega por nosotras: "Dejé que fueran las actrices las que impregnaran con su energía y su verdad la película"

Entrevistamos en el Festival de San Sebastián a Daniel Monzón y Zoe Bonafonte, director y actriz de Ruega por nosotras.

¿Cómo surge este proyecto y cómo se conduce a los personajes?

Daniel Monzón (D.C.): Di de forma casual con un artículo que hablaba del Patronato de Protección a la Mujer. Me llamó la atención y empecé a investigar sin poder creerme que esto hubiera sido una realidad durante décadas en nuestra historia reciente, y que hubiera sido absolutamente silenciada. Esto empezó en los años 40 y continuó hasta el 85. Una vez muerto Franco en el 75, que fue quien lo creó, auspiciado por su mujer, Carmen Polo de Franco, era un entramado de reformatorios, 538 diseminados por toda España, en los que metían a chicas jóvenes entre 16 y 25 años para transformarlas. Aquellas que consideraban que eran rebeldes al régimen, las metían en estas cárceles encubiertas y se las trataba de transformar. Eran sometidas a un régimen de rezos y trabajos forzados. Hacían uniformes para la milicia, bodas y comuniones, trabajaban para grandes almacenes sin saberlo. 

De toda esta locura encubierta, no se sabía nada. El régimen lo ocultaba y las que pasaban por eso tenían el estigma de haber pasado por allí y no lo contaban. Al investigar sobre ello, dije: “Bueno, la única manera de contribuir a que esto se sepa, porque ha de saberse lo que se hacía con las mujeres en España hasta hace nada, es contándolo. Yo soy cineasta, he de contarlo”.

Zoe Bonafonte (Z.B.): Había oído sobre el tema del robo de bebés del patronato, incluso vi una película al respecto, pero no era consciente de que el patronato trascendía eso. Pensaba que tenía que ver con el tema de los embarazos y los bebés. Entonces, cuando me llegó el casting, no entendía muy bien ni las separatas ni las escenas que hablaban de un patio que parecía una cárcel o un manicomio, no entendía qué era. Por eso, busqué por internet el título de lo que ponía en el casting: “Ruega por nosotras”. Así es como encontré el libro de Consuelo y me lo compré. A raíz de esto me puse a ver documentales y me di cuenta de la magnitud que tenía la historia que se iba a contar en la película.

Era tal la impotencia y el dolor que me generaba saber todo eso, enterarme de todo lo que habían pasado los testimonios y las atrocidades que vivieron, que me dificultaba interpretar al personaje. Tenía que tener muy presente el no contaminar la experiencia de Ana porque ella, como personaje, no sabía lo que era el patronato, pero yo como actriz sí. Entonces, era muy importante saber diferenciar esos dos conceptos. Yo lloraba de la impotencia y, al contárselo a la gente, se me enervaba la sangre, pero luego debía interpretar a Ana, una chica que por irse de fiesta sus padres la habían metido drogándola en el patronato sin saber ella lo que era.  Así que tuve que hacer ese ejercicio de distanciamiento de crear un personaje ajeno a mí que no tiene ni mis ideales ni mis circunstancias actuales. 

Fotograma de 'Ruega por nosotras'. Fuente: David Herranz

Sobre Ruega por nosotras

El guion que compartes con Jorge Guerricaechevarría difiere de tus géneros cinematográficos previos, ¿cómo ha sido abordar este cambio?

D.M.: Cada película ha de ser un reto, repetir lo que uno ha hecho no entraña ningún misterio. Pero esta historia se me metió dentro, y tuve la necesidad de contarla como se debía hacer. Como director has de escuchar el relato, no puedes imponer tu estilo, sino contarla en función de su propia historia. Esta película es un drama con ciertos aires a veces de aventura, acción, terror y suspense. Una película que para el espectador es terriblemente apasionante de ver. Siempre sin desviarme de contarlo de la manera más verista, delicada y documentada posible porque no deja de ser una historia real. Crear un universo siendo fiel a la realidad de las mujeres que pasaron por allí y prescindir de una carga excesiva de truculencia y de morbo que hubiera sido contraproducente.

El final de la historia es desolador, necesitas hablar de ello. Pero si la hubiéramos recargado, por ejemplo, de castigos físicos terribles, como había en el patronato, hubiéramos dejado de contar lo esencial, que era esa tortura psicológica que se cometía con todas las chicas que estaban allí para quebrarlas y convertirlas en lo que el régimen pretendía que fueran, siervas de la figura masculina y obedientes a la moral más rancia del catolicismo.

La evolución del personaje de Zoe es algo que queda muy patente en la película, ¿cómo ha sido su preparación?

Z.B.: Ha sido el trabajo más intensivo que he hecho como actriz nunca. Bromeaba diciendo que hay trece Anas en la película. Claramente, solo hay una, pero hay trece estados por los que ella pasa. Le pasan tantas cosas que, aunque trate de resistirse, terminan rompiéndola. Entonces, tuve que trabajar con mi coach Clara Méndez-Leite para organizar y entender cronológicamente el punto en el que estaba Ana, porque no es la misma cuando lleva dos días dentro del patronato que cuando lleva un año. Recurría a esquemas y análisis que me ayudaron a estructurar el guion y entender en qué momento está el personaje, pero, claro, luego sale la claqueta y ahí era lo que pasaba en el momento.

Al principio yo le daba miedo a Dani porque proponía cosas muy locas, y llegó un punto en el que me dijo: “Zoe, no me lo cuentes, enséñamelo directamente”. Le proponía cosas desorbitadas porque llevábamos muchos meses trabajando y,  desde el conocimiento del personaje y de la historia, podía permitirme hacerlo. 

Había un sentimiento común de darnos cuenta de que lo que estábamos haciendo era muy emocionante y muy duro"

Anécdotas durante el rodaje

Sobre las sugerencias de Zoe, ¿cuáles recordáis especialmente?

D.M.: Recuerdo una propuesta en la que Ana está encerrada meses en la celda y Zoe me dijo: “Daniel, en este momento voy a hablar con la luna”, y quedó fantástico.

Z.B.: Si te aíslan del mundo meses, acabas teniendo que ser tu propia compañía y, si es la luna, es la luna, es así. 

También recuerdo que había un momento en el que cantaban villancicos y yo estaba aislada boca a la pared, y le dije a Dani: “Tengo que implicar otros departamentos. Te pido permiso,  pero quiero hacer algo con esta escena”, y él me dijo: “Tú haz”. Entonces llevé a cabo mi idea y las figurantes aplaudieron porque no entendieron el Q de cuándo tenían que aplaudir, así que Dani, llorando, dijo: “¡No! ¡Zoe sigue ahí, retomamos!”. Hicimos una toma y se quedó en la película.

La escena final dura lo que dura el texto y, cuando acaba eso, no hay mucho más que hacer. Entonces, cuando la grabamos, yo esperé a que me cortaran, metida en el personaje, pero pasaban los minutos y nadie me cortaba hasta que cortó alguien que no es Dani y le veo llorando sin poder decir nada.

D.M.: Lo sentí. Sentí todo el final de la película y la emoción que ella conlleva, así que me quebré.

Z.B.: En esta película había un sentimiento común de darnos cuenta de que lo que estábamos haciendo era muy emocionante y muy duro.

D.M.: Lo que tenía muy claro a la hora del rodaje es que yo quería que la energía la condujeran ellas, que surgiera de ellas. Por eso también me empeñé en que no hablaran con las posibles víctimas del patronato, ya que no quería que su conocimiento contaminara las interpretaciones que cubrían las vivencias desde un principio. Dejé que fueran ellas, todas las actrices, las que impregnaran con su energía y su verdad la película. Procuraba intervenir lo menos posible, les daba cariño y las acompañaba.

Z.B.: Dani guiaba, pero no imponía. Siempre había mucha confianza, incluso con ideas locas.

Daniel Monzón durante el rodaje de 'Ruega por nosotras'. Fuente: David Herranz

Primeros proyectos de Daniel Monzón

¿Cómo recuerdas tu ópera prima y tu segunda película?

D.M.: Con El corazón del guerrero, mi primera película, recuerdo que metí todos los juguetes por si no me dejaban hacer otra. Es como una especie de vómito vehemente de todo lo que llevaba dentro y las ganas que tenía de hacer cine. Una película a la que tengo un cariño enorme y que me abrió las puertas de todo. Fue un gran éxito internacional que ganó muchos premios en festivales. 

Enseguida pensé en hacer una segunda película y, como me gustaban mucho las películas de robos, dije: “Qué mayor misión imposible que una serie de ladrones absurdos quieran robar el Guernica de Picasso, el cuadro más grande del mundo”. Así salió El robo más grande jamás contado, una película que adoro, con la que me divertí enormemente y, sobre todo, disfrute viendo cómo en las salas la gente se desternillaba de risa. Pensé: “Lo hemos logrado”. Porque el objetivo fundamental de hacer una comedia es que la gente la disfrute y se ría. Es mentira cuando dicen que las comedias no dan premios, el premio es escuchar la risa de la gente en la sala por algo que llevas años ideando para que la gente disfrute.

...Y si te has quedado con ganas de más