
Mariano Ozores: 100 años del director que llenó salas de cine
Mariano Ozores: 100 años del director que llenó salas de cine En el centenario de Mariano Ozores, recordamos cinco obras que definen su prolífica trayectoria
¿Cómo surgió El desencanto?
Elías (Querejeta) comentó a varios directores que nos iba a producir unos cortos. Me interesa mucho la psiquiatría y, en la época de Franco, había estado en algunos manicomios. Me parecían tan absolutamente alucinantes que simplemente quería coger una cámara con sonido directo y meterme dentro de ellos sin hacer ningún tipo de comentario en off, dejar que las imágenes hablarán por sí solas.
Sin embargo, no nos dejaron rodar en ninguno. Nos prohibieron terminantemente meter una cámara. Realmente estaba claro, no había más que entrar para ver que ahí no te iban a dejar rodar. Pero había que intentarlo. Ahí es cuando Elías, medio en broma, me dijo: “¿Tú querías hacer una cosa de manicomio? Conozco a una familia que puede servirte, los Panero”.
He de admitir que a mí me daba bastante pereza hacer una película sobre gente que no conocía. Si es cierto que sabía de Leopoldo María, él me interesaba, pero en principio no iba a salir en la película. Al ver mi desinterés, Elías me propuso ver a Felicidad Blanc, y cuando la conocí mi perspectiva cambió mucho. Me empezó a interesar el personaje y me pareció que alrededor de ella sí había una película. Yo creo que ella es la protagonista.
¿Qué te interesaba del resto de miembros de la familia Panero?
Leopoldo María es lo más interesante cinematográficamente. Un documental que se suponía que pasaba del pasado y, de repente, se convierte en un documental sobre el presente. Delante de la cámara empiezan a pasar unas cosas que nadie sabía que iban a pasar.
Leopoldo no había visto nada del material rodado, ni siquiera Elías. Pero Felicidad cometió el “error” de enseñar a sus hijos un pequeño guion que se había hecho de la escena del Instituto italiano. Y entonces Leopoldo María cuando lo vio debió pensar: “Esta es la versión que quieren contar ellos. Ahora voy a relatar la historia que yo quiero contar”.
Lo que es muy interesante es que Michi, que era uno de los promotores de la película y que quería hacerla para defender la figura de su madre, en cuanto Leopoldo abre la boca se pone de su lado absolutamente. Es una traición total, eso tiene mucha gracia.
Inauguras Klasikoak con El desencanto 50 años después de su “no estreno”. ¿Qué sientes al volver a San Sebastián?
A mí me encanta San Sebastián, es un festival que me ha encantado siempre y al que he ido de forma recurrente. He conocido a gente como Fritz Lang, Von Sternberg… Era una maravilla estar ahí. Volver ahora para recuperar ese estreno que nunca pasó con El desencanto me hace muchísima ilusión.
¿Qué recuerdas de aquella polémica que provocó que la película no se llegara a presentar?
Con lo que pasó en San Sebastián tuve la sensación de que era el final de mi carrera. Pensaba que después de aquello no iba a volver a hacer nada, que iba a ser un director conflictivo antes de empezar siquiera. Porque mi primera película, Los viajes escolares, que había ganado un premio en Valladolid, no se estrenó hasta después de El desencanto.
La política del momento estaba en la vida de todos, lo que lo convertía en una situación muy cotidiana. Estábamos en una manifestación o en una plataforma, que era más importante en ese momento que el cine.
Cuando ganó el premio de escritores cinematográficos, que era como el Goya del momento, me sorprendió mucho. Lo bueno es que todas las sorpresas que me ha dado El desencanto han sido agradables.
Volver ahora para recuperar ese estreno que nunca pasó con 'El desencanto' me hace muchísima ilusión."
¿Qué ocurrió con las partes censuradas?
No se incluyeron en el estreno, sino más tarde. Era una sola frase lo que habían cortado. Fue una negociación de Elías que duró meses, porque en principio querían incluso prohibir la película entera, marcarla como prohibida. Entonces fue ganando terreno y, al final, en vez de tirar la la frase cortada como hacían otros productores, la guardó cuidadosamente y luego la reincorporó. Ahora la frase está en todas las copias.
¿Crees que esta polémica hizo que en el estreno en Madrid la película cobrara mayor relevancia?
En absoluto. Para empezar porque ni yo ni nadie sabíamos quiénes eran los Panero. Además, la película se estrena en tres cines de arte y ensayo y, la primera semana, se quita de dos. Es decir, al público le daba absolutamente igual San Sebastián. Son cosas que se quedan muy al margen del público. Y la película realmente no la hicieron los críticos, sino las revistas como Cuadernos para el Diálogo y Triunfo. Se hicieron más artículos sobre el contenido de la película que de aspectos cinematográficos.
Aunque luego ya fue tomando otro cariz, porque, con la muerte de Franco, la película empezó a verse como una metáfora de ello. Aspecto que jamás fue nuestra intención en ningún momento. De hecho, la película no tenía ninguna pretensión, y yo creo que es por lo que se mantiene. No estaba hecha para demostrar o contar nada concreto y mucho menos para destruir la familia, que es lo que se cuenta en algunos artículos. Y eso me hace gracia, porque se recupera un poquito la polémica. Había llegado un punto en el que la película estaba tan universalmente aceptada que era un poco aburrida la situación. Se había perdido la mala leche que provocaba la película al espectador, que era lo que a mí me interesaba.
Y eso ahora en los medios se está recuperando. No es siquiera una metáfora sobre la familia. Es una película sobre los Paneros. Ninguna de mis películas está hecha para que se saque una impresión general de ellas. Son unos personajes concretos que les pasan unas cosas concretas. A mí me interesa el ser humano como individuo, no me interesan las generalidades.
Con la muerte de Franco, la película empezó a verse como una metáfora de ello. Aspecto que jamás fue nuestra intención"
Casi dos décadas más tarde Ricardo Franco dirigió Después de tantos años, su continuación, ¿qué te pareció?
Fue una idea de Michi. Me llamó y me dijo: “Quiero hacer una película, la segunda parte de El desencanto, y ya tengo título”. Yo le pregunté el nombre y me dijo El desconcierto. Me pareció un título genial. Aun así, le dije que me lo pensaría y, a los 5 minutos, me llamó Ricardo Franco para decirme que se lo había ofrecido a él. Michi no esperó ni a que me lo pensara, pero yo creo que era muy buena idea que la hiciera otra persona.
La película que hizo Ricardo es estupenda y aun así no la ha visto nadie. Para mí es el complemento perfecto para El desencanto. Aunque, la verdad, es que es una película tan negra que la gente empieza a salirse a los 10 minutos de que empiece. Y es que lo que quedaba de los Panero era muy oscuro ya. Daba mucha pena ver a Leopoldo María, Felicidad no estaba y el hermano mayor no quería saber nada. Pero la película me parece tremenda.
El desencanto está considerada como una de las grandes piezas de culto del cine español. Para usted, ¿qué obras de nuestro cine considera de culto?
Desde luego Arrebato, El espíritu de la colmena, La caza de Saura, Sirāt, Plácido y alguna más que ahora no recuerdo. Se siguen haciendo muy buenas películas, cada año hay dos o tres que están muy bien. Pero de culto, que significa tener una perspectiva de por lo menos 20 o 30 años, películas que ya estén de una manera asentadas como fundamentales para mí son esas
El montaje con Pepe Salcedo estuvo marcado por la intermitencia. ¿Cómo fue hacerlo en una filmación tan fragmentada?
La película está hecha en el montaje. De hecho, hasta que no llegamos a la sala no teníamos ni idea de qué sentido podía tener o qué se podía hacer con ese material. En un momento tuve una intuición que compartí con Elías: grabar el documental como si fuera un melodrama con travelling, dos cámaras, plano contraplano, rodarlo como una película de ficción. La gente no es consciente de que ese lenguaje no pertenece al documental y no hace falta que se dé cuenta, pero ayuda muchísimo a la película.
Por eso el montaje lo fue todo. Como tampoco teníamos demasiado material, nos aprendimos todo lo que había de memoria para después montarlo por puro instinto, no había ningún criterio racional ni narrativo. Lo que lo hacía muy difícil. Cuando se lo puse a Elías y no comentó nada, pensé que no le había gustado pero realmente me dijo que no se parecía en nada a lo que se había imaginado.
Era muy interesante porque no solo no había guion, sino que tampoco había un motivo para hacer la película. Yo en ese momento habría hecho lo que me hubieran dicho, pero en una lista de opciones, El desencanto sería la última. Aun así, el experimento funcionó, pero porque los Panero eran los Panero.
El documental, como formato, apenas se había explorado en España, ¿qué referencias tuviste?
En un momento dado yo me doy cuenta de que el material que teníamos era demasiado para un corto. Entonces, en unas vacaciones en Londres, vi dos películas que me afectaron mucho: A Bigger Splash de Jack Hazan y Grey Gardens. Ambas me dieron la sensación de que un documental podía durar hora y media, que es lo que yo no tenía nada claro. Elías, ante mi sorpresa, dijo inmediatamente que sí, sin la más mínima duda.
Había un esquema propio en torno a la relación de la muerte del padre, era lo único que había para el corto. Pero eso no nos valía como esquema para el documental, se quedaba pequeño y terminamos utilizándolo como un bloque de la película. Así que inventamos un género a partir de las grabaciones que había.
La verdad es que, cuando te encuentras un material que no tiene sentido, lo que piensas como director, es que lo que haces con eso tampoco va a tenerlo. Y esa era un poco la sensación que yo he tenido siempre con la película. Pero cuando Jorge Semprún, amigo de Elías y pariente mío, nos dijo que le encantaba la película, tuvimos la sensación de que habíamos hecho algo bueno.
Después, en San Sebastián, se generó un escándalo y todo el mundo nos puso verdes, y encima la película en la primera semana se cae dos fines de semana, estuvimos convencidos de que aquello era un desastre.
Volviste a trabajar con Elías Querejeta para A un dios desconocido, que fue premiada en San Sebastián.
Con Elías tenía esa sensación de no saber lo que estaba haciendo. Por un lado estaba bien porque era muy experimental, pero por otro lado yo no tenía suficiente experiencia para sentirme a gusto del todo en ese en ese sistema de trabajo. Entonces, el guion de A un dios desconocido es un ochenta por ciento de Elías. Él llevaba la voz cantante, pero en la parte de imaginería, yo ganaba terreno y a Elías le encantaba.
Puede que sea una película fallida hasta cierto punto, pero también absolutamente adelantada a su época. Pero para ser honestos, no hay nada peor que hacer una película adelantada a tu época, porque no la van a ver ni en tu época ni luego, con lo cual estás perdido.
¿Cómo era trabajar con Elías Querejeta?
Para mí, una maravilla. Se decía que Elías se metía demasiado en los proyectos, pero yo he cambiado escenas enteras de guiones que había escrito con él y, o no se enteraba, o no me decía nada. Jamás se metió en lo que yo hacía y recuerdo una frase que dijo al director de producción que me emocionó mucho: “A Jaime lo que pida”.
Elías fue mi padre cinematográfico. Yo necesitaba a alguien que me guiara y me mandara porque yo había llegado al mundo del cine con Super 8 y no tenía ni idea de nada. Trabajar con Elías era un privilegio porque, además, tenía muy claro qué tipo de cine quería hacer.
Repasando tu trayectoria, Los viajes escolares te puso en el mapa cinematográfico, ¿qué recuerdas de la película?
Los viajes escolares es la película que más me gusta y la que más me interesa. Yo solo he hecho dos películas personales: Los viajes escolares y El río de oro. Son obras sobre el paso de la niñez a la madurez. En la primera película, que se rodó en la época de Franco, la familia y las mentiras impiden que el hijo crezca.
En la segunda, en cambio, el hijo que no puede crecer parece casi una víctima, mientras que, en la segunda parte, el personaje no quiere crecer porque quiere mantener la juventud y parece que es un monstruo. Porque es muy diferente no dar el paso porque no te dejan, a no dar el paso porque tú no quieres.
Son dos películas que se complementan pero que, como tienen muchos años de diferencia, casi nadie las ha visto así. Pero en realidad El río de oro está hecha para contar el otro lado de Los viajes escolares.
Una de nuestras películas favoritas Besos para todos.
A mí me encanta Besos para todos, es mi película más autobiográfica. Yo creo que es una película muy divertida y que funcionó, pero que no tuvo demasiada buena crítica en su momento aunque ahora está revalorizada. Cuando yo estrenaba una película desconcertaba al público, no sabían si yo era un director serio o comercial y a mí eso me encantaba.

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