Recibe el Goya de Honor cuando se cumplen cerca de 30 años desde que lo recogiste como director por Remando al viento. Entonces, se le vio tranquilo, pronunció un discurso breve… Con el paso de los años, ¿cómo recibe este Goya por parte de la Academia?
Desde luego espero no haber perdido brevedad, porque odio los discursos. No estoy nervioso por el hecho en sí, si acaso me molesta ligeramente el viaje, sobre todo porque coincide con un momento de atrasos. Pero lo afrontaré con paciencia.
No deja de ser un honor, pero hubiera preferido que correspondiera a una película: que fuera realmente algo como efecto de una película, aunque no me lo dirán a mí. Sí he echado de menos que, en el transcurso de mi carrera, en la que no han proliferado los Goyas precisamente, se lo dieran a personajes como, por ejemplo, el de Carmelo Gómez. Me acuerdo que le dolió, y con razón: estaba nominado por El portero, que es una película que me gusta mucho porque es de acción y divertida.
Desde FlixOlé tenemos el placer de estrenar, para la ocasión, varias de sus películas. Entre ellas se encuentra su ópera prima: Ditirambo (1969). Por aquel entonces, era un escritor consagrado y se animó precisamente a iniciarse en el cine adaptando una de sus obras. ¿Cómo fueron estos comienzos en el cine con una película en la que, además, se encargó de protagonizar? ¿Qué recuerda de Ditirambo?
Requirió osadía. Pero se la debo a mi etapa de fútbol, de informador para el Inter de Milán durante dos cursos exitosos, que es lo que hizo que el presidente (Massimo) Moratti accediera a financiar mi primera película cuando se lo sugerí. Me doy cuenta ahora que he trabajado siempre por etapas; salvo escribir. Anteriormente había hecho teatro, como actor dentro del teatro aficionado. Tenía éxito, pero lo dejé. Y entonces empecé, no recuerdo con qué, porque no he sido muy constante.
Sí lo he sido con la escritura y el cine, al que corresponde todo lo que puede apetecerme porque confluye la acción. Esto de escribir se hace sentado, y es uno mismo peleando consigo mismo (siempre me gano), pero con el cine te expandes, trabajas con personas y hay una acción. Me encanta captar los momentos, los instantes. Creo que me reencuentro con los primeros hombres de las cuevas prehistóricas, cuyos dibujos, para mí, no son como se dijo en su día de contabilidad de cazas de animales, sino el estupor de estar vivo. Son animales en movimiento y esa captación del instante, el asombro, lo tiene el cine con respecto al teatro, que tiene plano único y pasa, como con la vida misma, cuando cae el telón.