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Helena Fernández
FlixOlé se embarca en una colección en honor al actor Ignacio Fernández Sánchez, mayormente conocido como Tony Leblanc. Una persona tan versátil que dejó a un lado su faceta deportiva, futbolística y boxeadora, para focalizarse en su pasión dentro del mundo artístico. Sin embargo su paso terrenal no destaca únicamente por dejar huella en el plano cinematográfico, sino por la cercanía y el ejemplo de superación ante las adversidades que siempre transmitía desde la pantalla. El arte de hacer reír incluso cuando la vida te pasa por encima.
Su trayectoria no comenzó frente las cámaras, sino en una compañía de claqué. Una afición que tornó ser mucho más que un mero hobby cuando se proclamó campeón de España, lo que le abrió las puertas al mundo del espectáculo. Aunque puede que su destino ya estuviera escrito desde su nacimiento en los tapices de Goya del Museo del Prado. Según él, sus padres pensaron que, dada la coincidencia entre su nacimiento y la muerte de Manuel Granero, sería torero o pintor. Curiosamente, el astado que acabó con la vida de Granero se llamaba ‘Pocapena’, y quizá fuera un premonitorio de la vertiente que iba a encauzar la vida de Leblanc.
La base de su carrera se consolidó en el teatro y fue pionero de la comedia televisiva. Pero, sin duda, su evolución despegó con su aparición en la gran pantalla. Su versatilidad lo convirtió en actor, compositor, director y dueño de su propia productora a principios de los años 60. Por desgracia, en 1983, año anterior a su Goya de Honor, sufrió un accidente de tráfico que lo dejó fuera de los cines durante mucho tiempo. Pasarían 15 años para su regreso estelar en Torrente, el brazo tonto de la ley, lo que le proporciono la vuelta a los rodajes y el Goya al Mejor actor de reparto en 1999.
Su extensa carrera está integrada por más de 70 largometrajes, de los cuales FlixOlé recoge 27 títulos. Muchos de estos le hicieron de puente para la fama, entre ellos El tigre de Chamberí, Los tramposos o Las muchachas de azul. Además, la plataforma cuenta con los estrenos de Los que tocan el piano y La dinamita está servida.
En un Madrid de finales del siglo XIX la chulapa Mari Pepa, que encarna Carmen Sevilla, destroza corazones con su belleza y picardía. Sin embargo, el tira y afloja que mantiene con el carpintero Felipe, interpretado por Leblanc, la hace despertar en ella un interés único. El amorío se ve irrumpido por Don Leo, el dueño de la casa de empeños a la que acude el hermano de Pepa con ciertos objetos robados. Al juntarse el amor fraternal y la astucia del ruin pretendiente que ansía poseer a Pepa, el resultado acaba en una (casi) boda entre Leo y Pepa.
Tony Leblanc, quién prácticamente debuta en el papel protagónico, da vida a un galán de buen corazón que quiere enamorar a la preciosa Carmen Sevilla. El actor representa a este personaje seguro de sí mismo que no puede contener los celos ante los pretendientes de la chulapa. Un papel en el que los aires de fanfarrón se desmantelan por la nobleza que, con naturalidad, aporta Leblanc. La expresividad del actor que ha marcado su trayectoria, se denota en la escena de la ensoñación de la boda, ya que este bebe de su vertiente teatral y la plasma en la pantalla.
El lado más pillo y ‘chuleta’ del actor que encanta al público dentro de esta comedia que deriva de un sainete lírico que compuso Ruperto Chapí. Una adaptación cinematográfica bajo la dirección de José Díaz Morales. La obra, que buscaba la autenticidad y la bravuconería más castiza, no tuvo más remedio que doblar la voz de Carmen Sevilla. Dada sus raíces andaluzas, la actriz Maribel Alonso fue la encargada de camuflar el acento de la protagonista.
Una película antológica de dos episodios en la que el punto común es la aparición de los personajes en el televisor. El director José Luis Sáenz de Heredia, quien previamente rodó Historias de la radio, volvió a posicionar el nuevo medio de comunicación en el eje de su obra. En unos tiempos de transformación social y económica bajo la dictadura franquista.
En la primera historia, Tony Leblanc encarna a Felipe Carrasco, hijo de un guardia de zoológico que trata de ganar dinero haciendo el ridículo en televisión. La empresa no sale del todo bien y, para evitar mancillar la reputación de su padre, fía al gorila del zoo. Un amigo se disfrazará para no destapar la ausencia del primate.
En un segundo acto, Leblanc comparte plantel con la que fue su eterna pareja en la pantalla: Concha Velasco, volviendo a demostrar la química entre ambos. Esta vez, ella interpreta a Katy, una pueblerina con aspiraciones cosmopolitas. Su grupo de música y ella son nominados en un concurso. Aunque su canción es seleccionada, los organizadores entienden que debe ser interpretada por Luis Aguilé, un cantante con mucho más prestigio. Katy hará todo lo posible para volverse famosa y así conseguir que le dejen cantar su propio tema.
Tony Leblanc hace brillar el papel de inocentón que intenta encauzar su camino con decisiones que irremediablemente terminan empeorando la situación. Aún así, el final feliz distintivo de la comedia sigue estando presente.
Si bien es cierto que, en la segunda mitad, el actor no muestra en plenitud su talento debido a que la historia se centra más en Concha Velasco, sus capacidades no quedan ocultas. De hecho, demuestra que no existe papel pequeño y consigue enternecer al público al mismo tiempo que lo hace reír. Historias de la televisión se convierte en un inolvidable ejemplo del arquetipo que tantas veces Leblanc interpretó con naturalidad y cercanía: el del ciudadano corriente, ingenuo y con mala suerte que se ve envuelto en situaciones surrealistas de las que trata de salir como buena y dignamente puede.
Aunque el título induce a tintes musicales, la realidad de este filme no puede estar más lejos de esa concepción. El título hace referencia a las “teclas” que tocan los ladrones en el registro policial. Un procedimiento que Paco, su pareja, Cayetana, y Venancio, el hermano de ésta, conocen muy bien. Sus engaños de poca monta les proporciona el sustento necesario para poder vivir en una pensión de Madrid. La residencia en la que se aloja Don Federico Martínez Hojas, un ladrón internacional que cambiará las aspiraciones de los cutres robos que el trío lleva a cabo.
Una comedia de enredo dirigida por Javier Aguirre, que se acoge a la popular fórmula del género donde la risa reside en los infortunios. Aspecto que conecta con la impresión de que los personajes, dada su expresividad y el surrealismo de las circunstancias, parecen más sacados de dibujos animados que actores de carne y hueso. En esta comedia, Tony encarna al bribón que se pasa de listo. Compartiendo protagonismo con Concha Velasco y Alfredo Landa, su puesta en escena no acapara todos los momentos llamativos de la película. Sin embargo, Leblanc vuelve a brillar interpretando al ‘Cocosabio’ de las operaciones, un papel que se alinea más con el rol de pícaro tradicional que con el delincuente peligroso.
Cuando unos amigos presencian por televisión, en un bar de Minglanillas, la llegada del Apolo 11 a la Luna, se convencen de que realizar tal hito es más que posible. Autoconvenciendose de que sus trabajos son equiparables a los de un equipo de navegación espacial, deciden que van a construir una nave que dirigirá Pepe Fernández, cuyo personaje es interpretado por Tony Leblanc.
El argumento de Pedro Masó y la dirección de Javier Aguirre originan una comedia paródica que refleja el alunizaje a lo cutre. Con un tiro seguro a conseguir carcajadas entre el público, la película es una apuesta comercial que apunta hacia el patriotismo más cateto y bebe del costumbrismo: entre el secuestro de un científico y la creación de la S.A.N.A. (Sociedad Anónima de las Naves Aeroespaciales), los amigos entrenan a Fernández como su futuro astronauta. Un hilo narrativo similar a la serie Código rescate 1. Casi parece que el modelo que tomaron los españoles con el Apolo 11, sirvió de inspiración a los estadounidenses.
Aunque la chulería no se queda atrás, el papel del actor se aleja de sus facetas pillas y apuesta por una actuación más comedida. Su interpretación no es tan teatral, sino que corresponde al personaje con una naturalidad que hacen de la representación un papel memorable.
La segunda adaptación que realiza el director Rafael Gil de la novela corta de Wenceslao Fernández Flórez. El protagonismo que en la primera versión recaía en los hombros de Antonio Casal, ahora forma parte de la larga carrera cinematográfica de Tony Leblanc.
En esta historia, el actor pone cara a un profesor que sucumbe a la deprimente realidad. Infravalorado y harto de aguantar los desprecios de todos, decide suicidarse. Después de varios intentos fallidos de acabar con su vida, una alumna lo convence para revelarse con todos los que se burlaron de él.
Así es como Leblanc da vida a un adulto que no teme a la muerte, sino que la persigue desesperadamente. Lejos de interpretar solo comedia, dota de tintes filosóficos y profundos a los sentimientos del personaje, haciéndolo vulnerable y real. Cuando acepta la vida como es, con sus desencantos y derrotas, descubre que también hay espacio para un sentimiento mucho mayor, el amor. El madrileño consigue transmitir la seriedad de los problemas existenciales haciendo además alarde de una inconmensurable e irrepetible vis cómica.

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