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José Lifante y Julián Navarro, actores del filme
Esta entrevista fue realizada como parte del documental El viaje de Glauber (Fermín Sales, 2013) dentro del Máster de Teoría y Práctica de Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona
Los actores José Lifante y Julián Navarro relatan cómo vivieron en primera persona la filmación de Cabezas cortadas, título rodeado de una enorme expectativa que fue considerado por el equipo como "la película del año" debido al prestigio de Glauber Rocha.
Para los actores locales de Barcelona, el proyecto representaba una prometedora apertura al exterior y la posibilidad de proyectar el cine catalán internacionalmente. Sin embargo, el entusiasmo inicial chocó rápidamente contra la realidad de un set desconcertante, marcado por un guion que arrebataban de las manos y por un método que dependía de la visceralidad diaria del director.
La experiencia en el set, repartida por la agreste belleza de Cadaqués, Portlligat y Sant Pere de Rodes, se convirtió en una sucesión de anécdotas tragicómicas. José Lifante evoca con humor la escena en la que Enric Majó y él debían desembarcar como mercenarios armados, haciendo eses por el mar y remando de espaldas sin tener la menor idea de cómo conducir la barca, una improvisación única que acabó en el montaje definitivo. Por su parte, Julián Navarro recuerda el gélido rodaje en el monasterio, donde el elenco terminó girando de la mano en una suerte de sardana alrededor de Pierre Clémenti mientras cantaban la canción popular “El señor Ramon”, propuesta de forma imprevista y aprobada de inmediato por Rocha. Este caos creativo que recuerdan los actores convivía con la constante desaparición de Paco Rabal, a quien el equipo debía buscar por las carreteras del Cabo de Creus y que, según relatan, se sumergía en bacanales de alcohol y drogas junto a Clémenti.
El balance final de los intérpretes transita entre la decepción artística y la reivindicación de una obra singular de su época. Para Lifante, el filme acabó en una gran desilusión, percibiéndolo como un “batiburrillo” o “pastiche” heterodoxo sin la preparación suficiente, donde se mezclaba Sudamérica con el folclore catalán y andaluz sin aparente sentido. Navarro coincide en que resultaba doloroso ver a un actor del prestigio de Rabal balbucear incoherentemente ante la cámara, sintiendo que el “guion secreto” forzaba a los actores a rozar el ridículo.
No obstante, a pesar de las duras dependencias y tensiones que empañaron el rodaje, ambos actores defienden el valor histórico y el nivel de la película. En este sentido, Navarro insiste en que no se trata de una simple astracanada, sino de una obra con elementos sumamente poderosos que invitan a pensar, por lo que reivindica que la película debería ser accesible para que el público de hoy pueda redescubrirla y extraer de ella múltiples enseñanzas.

